Ver la realidad a través de los reflejos en un cristal

Las emociones contienen un patrón importante de información que se manifiesta antes que el pensamiento. Las emociones muchas veces son desdeñadas por la razón porque consideramos que el ser humano es más inteligente si pensamos lo que sentimos antes de reaccionar. Esta actitud es correcta si hay un nivel medio o elevado de evolución de la conciencia, pero de lo contrario condiciona nuestra inteligencia para discernir cuando es o no oportuno dejar que se expresen dichas emociones.

Desarrollar la inteligencia emocional permitirá al ego identificar si un lugar es seguro o inseguro, si somos bienvenidos o no; lo que nos gusta o disgusta, lo que nos da placer o dolor, lo que nos hace huir o encarar un asunto e incluso desenredar las emociones complejas, contradictorias y paradójicas. Pero para ello hay que identificarlas. Nuestra conciencia corporal deja mucho que desear, porque sufrimos hábitos y automatismos físicos que crean bloqueos musculares, parálisis articulares… La conciencia emocional no es más fácil.

El ego, ligado a las emociones más primarias, necesita relacionarse para ser ayudado y ayudar a otros ser humanos. Aprendimos hace mucho que en grupo somos más fuertes. Para ello necesita pertenecer y ser aceptado por los demás y por sí mismo. Esto forma parte de la base de seguridad física y emocional que crean el hogar y la familia, sea del tipo que sea. Si bien esto es muy importante, ha sido la razón de muchos de nuestros condicionamientos para encajar, ajustándonos a lo deseable y útil, a lo que se espera de nosotros. Esta adaptación provoca que muchas de esas emociones sean tragadas, negadas, postergadas, evitadas, neutralizadas, paralizadas… Y esto genera nudos emocionales que pueden afectar a lo físico y que, por desgracia, muchas veces son justificadas por la mente.

No puede existir una mente libre sin discernimiento ni experiencia. Y toda idea sobre una experiencia merece ser deconstruida, cuestionada y actualizada. Aunque no siempre: el trauma hay que abordarlo con cuidado, poco a poco salir de la rigidez para al menos conseguir no juzgar o aceptar lo que es diferente a nosotros, el aspecto de uno mismo que supera al ego.

A veces las ideas que tenemos de las cosas no vienen de experiencias previas, sino de la educación, la cultura, la moral. La moralidad no solo está en lo que consideramos bien o mal, también la aplicamos cuando negamos las emociones. Todo esto condiciona la experiencia, toda experiencia es leída desde ahí y ello impide descubrir otros puntos de vista, generar nuevas vivencias. En estos casos, el ser humano cree ser inteligente mentalmente, pero se saltó la lección de la inteligencia emocional. Y también esta ultima requiere, también, ser revisada de vez en cuando. Por eso seria necesario aprender a leer nuestras emociones sin juzgarlas, a dejarlas salir para ser felices y que no se enquisten. A veces tanto cuidado y protección, tanta seriedad, genera distorsión y disonancia.

Cuando tenemos experiencias que modifican los principios de vida en los que basamos nuestra forma de vivir, la canalización de la emociones está más integrada. Por eso, dirigir el impuso sexual es más fácil cuando no somos adolescentes, por poner un ejemplo. Pero aun así tiene un coste energético, aparentemente, no tanto como reprimir un impulso visceral pero no carente de riesgos si nos resta felicidad y no podemos parar de pensar en ello. A veces se recurre a soltar algo de tensión asumiendo que sea insuficiente o se precipite, como por ejemplo cuando algo nos enfada, se repite y tenemos que poner limites. Este tipo de elecciones no se toman solo desde el ego, el “yo” es imprescindible pues nos trae de vuelta las emociones complejas y el entramado vital y existencial. Y eso da para la parte 2 de este post 🙂

Volvamos al principio y a la coherencia, remarquemos la importancia de este punto. Si estás triste, sonreír puede ser una solución a un problema del momento, no es una reacción que se pueda normalizar sin asumir su coste. De la misma forma, toda respuesta automática tiene falta de coherencia cuando uno o varios factores están alterados y activamos alguno de los mecanismos de protección mencionados. Si ocurre eso, una emoción regula otra emoción, y normalmente es el miedo, que tiene mucho poder para privarnos de la libertad de ser.

Escrito por Anna Thiferet Bohu. Me inspiro el taller de yoga y kabbalah con el que estamos trabajando en el espacio Antahkarana Badalona.

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