Para equilibrar la energía de la ira hace falta observarla, comprenderla y dejar que nos transforme. La ira es una de las múltiples facetas de la energía universal, cuando llega nos mueve dependiendo de lo que la activa, del momento vital, de la personalidad y de la respuesta del otro.
Continuamos su estudio a través de la mirada cabalista, budista e hinduísta, y revelamos uno de los simbolismos que nos inspira a comprender por qué llega y a transformar lo negativo de esta emoción.
El cerebro animal y humano se entrelazan con la dimensión universal que relaciona al hombre y al mundo.
Desde la mirada cabalista

La podemos relacionar con la sefiroth Geburah del árbol de la vida, porque en el plano de Assiah le asignan el planeta Marte, relacionado con el dios de la guerra en la mitología grecorromana. Marte es un dios guerrero y tiene una valiosa lección que enseñarnos: seguir una disciplina porque, si no somos capaces de controlar el poder, sufriremos las consecuencias.
En la astrología antigua, a Marte se le consideraba un planeta maléfico, debido a que sus efectos eran drásticos y dolorosos. Pero su influencia sólo acontece cuando es necesario y no queda otro medio por el cual aprender. Si la ira se instala en nuestra forma de ser es que nos cuesta aprender 😉 La mayoría de las guerras y males que sufre la humanidad son ocasionadas por el hombre mismo.
Geburah corrige los desequilibrios a través de métodos marcianos para evitar el estancamiento y dar paso a la nueva vitalidad. Nos recuerda la necesidad de mantener el equilibrio ante los contratiempos y elimina todo lo que no sirve en nosotros para perfeccionarnos.
Geburah se traduce como fortaleza, temor, severidad o justicia. Es la esfera vinculada a la ira, aunque la ira cambia su forma de expresión y motivación según la sephiroth con la que se relacione. Principalmente, se complementa y equilibra con su opuesta, la sephirah de Chesed (misericordia, amor) y Tiferet (belleza) con la que forman una triada.
Desde la perspectiva Budista

La ira es considerada una de las emociones destructivas del ego.
El miedo a la pérdida, al dolor, a la humillación, la vergüenza, al no saber… son precursores de la ira. Ante el miedo, reaccionar violentamente es un mecanismo para sentirse seguros reafirmando nuestra fuerza y al mismo tiempo, ocultando nuestra vulnerabilidad.
La furia, la cólera y la ira son consideradas como un producto del odio. “También el resentimiento, la envidia insidiosa” son emociones autodestructivas del ego. Son un impulso visceral, obsesivo, arrollador, reactivo y destructivo que puede dañar a los demás, pero que principalmente daña a uno mismo.
Estas emociones ciegan al hombre impidiéndole controlar los pensamientos que genera lo que le afecta, y se caracterizan por el rechazo hacia objetos, lugares, situaciones o personas. El egocentrismo es una de las causas de esa inclinación, es un velo que culpabiliza a los demás de nuestras desgracias y sufrimientos, incapaz de ver que hay en sí mismo de lo que odia en los demás.
En las enseñanzas Zen se dice que la ira se vive como un infierno: “no es un castigo por malas acciones, sino un filtro mental del que se proyecta al mundo exterior, basado en egoísmo, agresión y frustración. Es el momento en que nos perdimos en una paranoia discriminando entre un yo no-existente y otros como nuestros enemigos.”
Hablan del odio y la ira como tendencias negativas que alimentan y añaden más negatividad, que se viven como una amenaza constante y crecen cuanto más queremos derrotar al enemigo.
Buda declaró: “enfurecidos y llenos de odio, atrapados en su mente, los seres humanos buscan su propia ruina y la ruina de los demás”.
Esta reacción puede surgir contra personas que nos dicen cosas desagradables y/o dañan el orgullo de lo que creíamos ser. Este mismo estado egoico aparece cuando sentimos que nos odian, obligando a trabajar interiormente con esa impresión.
“Hay que aceptarnos como individuos, reconocer que cada ser humano es único, con sus defectos y virtudes, pero único, no hay dos iguales, una persona no puede actuar como lo premedita la otra, o como espera, esto a veces lleva a la persona a odiar, y del odio se pasa a la ira, el querer matar, el querer acabar con la otra persona, pero esto aún es un deseo y lo puedes reprimir, sin embargo si pasas a la furia, esta es una ira desenfrenada y sin control”
En el ojo hinduísta

También es un obstáculo. Ira y miedo son considerados de los más dañinos, y muchas veces van de la mano. En nuestro cerebro animal la respuesta cerebral ante el peligro es primero activar el miedo, consciente o inconsciente, y paralizarse o huir. Pero rápidamente, del miedo podemos pasar a la ira y atacar. Si en este proceso nos desconectamos del centro de mando, el velo de la confusión fácilmente puede atraparnos.
Existen dos clases de miedo, el instintivo y el patológico o imaginario, siendo este último el más problemático. Las preocupaciones son una expresión del miedo. El miedo puede surgir tras una sensación de impotencia o de peligro, se activa como prevención y defensa.
La violencia es una expresión de la ira, supone una ruptura de la armonía y la paz exterior e interior. “Es una reacción que encuentra su origen en el miedo. Cuando el hombre supera sus temores, la violencia va extinguiéndose en su ser.”
Los estados de ánimo negativos (depresión, ansiedad, angustia, duda, inconstancia, pesimismo, ira…) producen sentimientos negativos (odio, envidia, celos, deseo de venganza). Su origen está en la inseguridad, la falta de confianza en uno mismo y el miedo.
El odio no permite la revelación ni la expresión del hombre espiritual, limita la capacidad de vivir en armonía con los otros “yo”. Una armonía que sólo puede acontecer con la práctica del amor. El miedo es el que afirma el yo personal, generando el apego a lo que uno cree ser y tener.
“El amor es infalible; no tiene errores, pues todos los errores son faltas de amor” William Law. Es necesario darse cuenta de cuando el miedo o la ira surgen en uno, para observarlas con la suficiente perspectiva y librarse de su mala influencia.
El simbolismo de Hygia

Hygia es una diosa de la mitología griega, hija del dios de la medicina Esculapio. El nombre de Hygeía significa salud y en sus templos se encontraban las curanderas.
Su iconografía es diversa y se ha ido transformando y relacionando con otros símbolos. Generalmente se la representa con un cuenco en la mano y una serpiente enroscada en el brazo.
Este símbolo representa el poder del veneno como antídoto y que también es usado como fármaco en los medicamentos para curar. De ahí que, posteriormente, este icono fuera adoptado por el colegio médico de farmacéuticos y terminará simplificado en una copa con la serpiente.
Tanto el símbolo de la serpiente en Hygeía como en el bastón de Esculapio tienen que ver con la salud y la curación. El veneno de la serpiente tiene el poder de matar o sanar dependiendo de la actitud del hombre hacia ella, y está relacionado con la transformación y la renovación por su capacidad de mudar la piel. Anudada al bastón de Esculapio o enroscada en el caduceo de Hermes es símbolo de resurrección, de vida, y un elemento que comunica lo inferior con lo superior.
Próximamente más
Y con esta inspiración simbólica, en la próxima entrega trataremos algunas claves para ese proceso de transformación. Puedo adelantar que en este trabajo interior también es fundamental observar esta emoción, empezando por darse cuenta de las reacciones físicas previas a la explosion y darse cuenta de los pensamientos que la alimentan.La sadhana para la ira no consiste en reprimir esta energía. Para dominar algo primero hay que conocerlo, y eso estamos haciendo en estos posts. El primer post sobre este tema es: Transmutando el veneno en antídoto (Parte 1).
Post escrito por Thiferet Bohu


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